Era un martes en la noche. Hacia un frío moderado y el ruido de la ciudad era tolerante para la hora. Yo afuera de un metro esperando a mis amigos para disfrutar de una noche de trivialidad.
Cuando espero a alguien y el paisaje urbano no es lo suficientemente atractivo para distraer una vista inquieta, comienzo a jugar con mi mente, conjugando diálogos y situaciones imaginarias para amenizar el rato. Un largo tiempo puede minimizarse con la distracción adecuada, por lo que ese rato de esperaba se había escapado de mi comprensión, pues la oscuridad de la noche estaba estática, y la gente que pasaba cerca de mí era incapaz de decirme con exactitud cuanto tiempo había transcurrido.
Algo curioso comenzó a distraer mi atención de las divagaciones mentales que usaba para distraerme, cuando el ruido apacible comenzó a desfigurarse en un alboroto que a toda la gente comenzó a sacar de concentración, pues sirenas de toda clase de vehículos pasaron por aquella avenida a toda velocidad, dejando ver apenas una ráfaga de luz sin forma. Su sonido arrítmico causaba conmoción sin importar la situación que fuesen a atender, pues su ruido se escuchaba a larga distancia, aun a pesar de tener minutos que pasaron en frente del lugar. “De seguro Godzilla esta atacando la ciudad” me reí a mis adentros, en un pensamiento estúpido, a sabiendas de lo común que es escuchar las sirenas anunciando alguna catástrofe en la ciudad. Sin embargo, esta distaba de ser un choque común de algún conductor ebrio, o algún trailer descarrilado o atorado en algún puente. Tan pronto una segunda y una tercer serie de patrullas y ambulancias cruzaron la avenida a toda velocidad, la angustia de la gente de los alrededores, incluso aquella que dormía en las banquetas, voltearon con morbo a lo lejos de la avenida, donde los vehículos se perdían entre todas las luces de la calle.
Yo estaba algo desconcertado, pues el tiempo que llevaba estático había sobrepasado cualquier expectativa de espera. No existía modo de saber con exactitud cuanto había transcurrido, solo sabía que había sido demasiado, y ninguno de mis amigos había llegado. Decidí llamar a uno de ellos, y al contestar mi llamada, su voz se escuchaba ronca y distorsionada, y el ruido de las sirenas lo habían alcanzado hasta el lugar donde estaba.
– ¿Dónde estas? – le alcancé a preguntar entre toda la distorsión, y apenas acabo de nombrar el lugar donde se encontraba, mencionó entre nerviosas palabras, que una gigantesca explosión había sucedido a lado suyo. Después de eso, colgó aterrorizado.
Al cabo de tener aquella ambigua conversación con mi amigo, aparte de mi mente las bromas cínicas que involucraba una invasión de Godzilla o del tal vez ficticio Bin Laden. Algo muy grande había sucedido, y los rumores se expandían entre las calles llegando a los oídos de aquellos que permanecíamos en ellas, todos provenientes de la boca de un pregonero del desastre que afirmaba con devoción que algo gigantesco deambulaba entre las calles, haciendo explotar con el fuego que salía de su boca todo aquello que estaba a su paso. Era algo ridículo, mis tontos pensamientos parecían más certeros que aquel intento de verdad afirmada por el hombre, y justo en esos instantes en que la gente regada en las calles debatía sus hipótesis sobre aquel fenómeno, recibía una llamada que me ausentaba en brevedad de aquel alboroto. Era otro más de mi amigos, varado en algún lugar experimentando este fenómeno por igual.
– ¿Sabes que sucedió? – me preguntó consternado mucho antes de decir hola. No sabía si transmitirle las boberas del pregonero o mi tonta verdad, de que Bin Laden había estrellado un avión en las calles.
– Hubo una explosión. – Respondí con brevedad, recibiendo un largo silencio perturbador, como si mi respuesta no bastara para dar aunque sea, un vago consuelo de certeza. – ¿Sucede algo? – Le pregunté.
– … es solo que dicen que algo que escupe fuego por la boca anda entre las calles quemando todo aquello que se mueve. Tu no crees eso ¿o si?
– Claro que no… – Me mostré escéptico a tan absurda alternativa, prefería pensar que existía una mala comunicación desde el origen del problema y creer en alguna clase de “algo” abstracto, que se necesitaba personificar para poder comprenderse. Iniciábamos así una charla entusiasta por querer predecir la verdad con un poco de coherencia, cuando en esos instantes de completa concentración, una intensa luz estalló a pocos metros de distancia iluminando los edificios con una porción de día, haciéndome soltar el teléfono mientras veía volar un automóvil con su conductor a escasos metros de la acera donde estaba. El hombre emergió envuelto en llamas, y su cuerpo se disipo en el aire con rapidez dejando atrás un olor repulsivo que quemaba las fosas con un fuerte ardor. Quede estático escuchando un rugido mecánico que jamás había oído, mismo que hizo correr a la gente de la avenida dejando atrás a los curiosos y perturbados, incapaces de mover sus piernas por la grave impresión. Mas policías pasaban de largo, acompañados de ambulancias y bomberos que agravaban el ambiente con los chillidos de sus sirenas, y entre todo aquel alboroto, logré percibir el sonido de mi teléfono que aún permanecía en el piso. Respondí en cuanto pude mover mi brazos paralizados, escuchando la voz del primer amigo que me había llamado y que había alimentado su angustia entre los sonidos, el fuego y los rumores. Ahora buscaba la razón en las palabras de este asustado ciudadano, que ignoraba por completo el momento en el que sus fantasías se habían mezclado con la ambigüedad de esta catástrofe real. La voz de mi amigo apenas y podía distinguirse entre el ruido de las sirenas, el fuego y el rugido mecánico. Gritaban afuera con gran desesperación, hasta que la llamada se cortó sin saber siquiera donde se encontraba o que era lo que había visto.
Al volver de mi trance, me hallé solo en la calle con los vestigios del vehículo en llamas, con la ausencia de gritos, rumores y el rugido mecánico. Solo era yo y mi incertidumbre, varado en la estación del metro que había dejado de funcionar sin darme cuenta. La noche se volvió gris por el humo, opacando la mañana que no vi venir sentado a orillas de la entrada a la estación. Regresé a mi trabajo con la ropa oliendo a cenizas tras pasar una noche sonámbula carente de respuestas. Pudo haber sido cualquier cosa, pero creo que en realidad no me importa mucho saber que fue. Prefiero esparcir yo mismo un rumor y volverlo la verdad de un espectador más de una noche de trivialidad, otra porción falsa de los eventos invisibles que cada quien contempló e interpretó conforme sus emociones lo permitieron.
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jueves, 27 de noviembre de 2008
miércoles, 29 de octubre de 2008
La máquina de refrescos caducos
Subí al comedor de mi nuevo empleo por esas escaleras grises y empinadas que ascendían hacia un oscuro corredor, donde una luz destellante brotaba de la puerta como un reflector encerrado. Siendo la única guía de todos nosotros que buscábamos comer con tranquilidad, la seguí perdido en la oscuridad preguntando a mis adentros si encontraría un faro gigantesco, o un conjunto de luciérnagas aglutinadas en la pared, ocultándose del sol que por fuera las opacaba, pero lo único que encontré era una máquina de refrescos que emitía un ruido grave y constante. Parecían los ronquidos de algún viejo que ha dormido demasiado, y el sonido brusco de su garganta ansiaba estuviese a punto de asfixiarlo. Sin embargo, la fuerte luz de la máquina de refrescos parecía congelada en el tiempo, fija y cegadora para todos aquellos que entraban.
Dejé mi comida una mesa de aquel alumbrado pero difuso lugar, donde la fuerte luz de la máquina emblanquecía los muebles grises y las ventanas sucias. Los focos estaban rotos y no existían ventanas, solo había un mural viejo y sucio que simulaba la vida que por fuera no existía, lleno de tonos grises y ocres representando la única oscuridad del cuarto, además de los extraños seres que comían en las mesas, cubiertos de ropas grises y polvorientas.
Con una moneda escurridiza, me acerque y la introduje en el interior de la máquina de refrescos, hasta que el sonido al tocar fondo fue como el chillido de un roedor acabando de caer en una ratonera. Las miradas negras de los demás apuntaban hacia mí antes de que siquiera seleccionara la bebida de mi antojo, y con un disimulado pero decidido movimiento, cubrieron sus rostros con una tela fuerte y áspera, y retiraron la vista aguantando la respiración. Pulsé el botón, y la máquina iniciaba lo que parecía ser un ciclo de digestión acelerado, pues sus entrañas mecánicas burbujeaban, crujían y gruñían con furia intentando darme la lata de refresco que pedí. Comezó a sacudirse sin control, se alzaba del suelo como si estuviera a punto de volar y la luz parpadeaba como las intermitentes de un coche, avisando lo que estaba por venir. Vino un breve silencio, pero en seguida, la lata de refresco cayó con fuerza y una densa nube de polvo salió de aquella abertura, una nube gris espesa que sofocaba mis pulmones, sintiendo el polvo descender por mi garganta que me hizo toser y caer al piso.
El cuarto se tiñió de gris, de una ceniza industrial con olor a aceite, y yo saqué la bebida de la bandeja, donde un líquido espeso la cubría por completo. Recogí mi cambio y me levanté algo avergonzado, y cuando sentí aquellas monedas extrañas en mi mano, me percate de su fecha de circulación: “1972”, y en cuanto a la bebida, tenía un empaque que jamás había visto antes. Las letras del producto se fundían en el metal apenas perceptible, en una lata oxidada y al borde de estallar con la mas mínima presión. La tomé con miedo y respeto, sintiendo que estaba al frente de una pequeña bomba orgánica de contenido dudoso.
Las personas se apartaron de las telas que cubrían sus rostros, y uno de ellos, cubierto por aquel extraño polvo gris, habló a nombre de aquella extraña tribu que vivía en los interiores de los edificios, con su voz ronca y grave, como si nunca hubiese dado un sorbo de agua:
– Las bebidas de la máquina no son para tomar. La máquina es para dar luz en este oscuro rincón. Solo los ilusos como tú se han tomado la molestia en echarle dinero, y ve lo que obtuviste: un refresco podrido, cuyo sabor es mas desagradable de lo que aparenta. Ábrelo. ¬– Con cierto disgusto, tomé la bebida y la destape ante los ojos negros de aquel sujeto. En seguida, su gas estallo frente a mi, y de su interior emanaron restos orgánicos, sólidos y viscosos, como si los ingredientes primordiales del refresco hubiesen vuelto a su origen ante la ausencia de algún depredador. Su contenido se desparramó por todo el piso, y la pequeña lata se volvió una fuente de incesante de expulsión de tiempo, cubriendo mis zapatos de aquel líquido espeso ante los ojos de aquellos extraños espectadores. Sin embargo, su aroma distaba de ser repulsivo, en cambio, era dulce y placentero, incluso antojadizo, lo suficiente para darle un sorbo a aquella extraña sustancia guardada por el tiempo.
Puse mis labios con cierta repulsión en aquella lata, y lleve una porción de aquel líquido viscoso a mi boca… insípido, sin rastro alguno del sabor que con el paso del tiempo, había volado por los aires en aquel olor dulce. Su consistencia viscosa se asemejaba al dulce derretido, donde trozos se materia crujían entre mis dientes, y sin percatarme de los extraños espectadores que miraban el espectáculo del recién llegado, aplaudieron con sus manos ásperas en un grave eco que sonó en toda la habitación.
– La gracia de la bebida – Habló el hombre refiriéndose a la lata. – No esta en su sabor, sino en la consistencia y en su aroma. Son pocos los que pueden apreciar su verdadera cualidad. Entre mas vieja y oxidada sea, mayor intensidad tendrá su contenido. – Y en un arrebato repentino, arranca la lata de refresco de mi mano, y da un fuerte sorbo escurriendo el líquido viscoso sobre su cuello y su ropa, como si el contenido de aquella pequeña lata fuese interminable. Saciando su antojo, el hombre prosiguió hablando cuando mis piernas comenzaron a moverse involuntarias a mí, apartándome fuera de aquella tribu de raros oficinistas enfermos por el encierro. – No sabemos cuantas latas quedan en su interior, solo sabemos que esta máquina esta olvidada y jamás recibe productos. Racionamos las latas como algunos harían con el dinero, aullentamos a la gente y conservamos intacta la única fuente de luz en esta habitación, como si de tratase de un astro sagrado, pues finalmente, todos necesitamos alguna cosa que adorar para mantener la cordura en este encierro, ¿no lo crees? – Con una mueca de repulsión, regalé el fruto sagrado envuelto en su caparazón de aluminio a aquel hombre-sacerdote de aquella extraña sociedad de oficinistas, adoradores de una máquina que simula al sol. Me aparte de su vista, imaginando sus bocas repletas de aquella sustancia viscosa pensando en las consecuencias que puede traer un encierro prolongado. “1972” pensé en mis adentros, y estando de regreso en la oscuridad de los pasillos habituales, busque al tanteo una hoja y un lápiz, escribiendo con letras grandes la fecha de este día para recordar el momento que probé el refresco caduco del gran ídolo de luz artificial.
Dejé mi comida una mesa de aquel alumbrado pero difuso lugar, donde la fuerte luz de la máquina emblanquecía los muebles grises y las ventanas sucias. Los focos estaban rotos y no existían ventanas, solo había un mural viejo y sucio que simulaba la vida que por fuera no existía, lleno de tonos grises y ocres representando la única oscuridad del cuarto, además de los extraños seres que comían en las mesas, cubiertos de ropas grises y polvorientas.
Con una moneda escurridiza, me acerque y la introduje en el interior de la máquina de refrescos, hasta que el sonido al tocar fondo fue como el chillido de un roedor acabando de caer en una ratonera. Las miradas negras de los demás apuntaban hacia mí antes de que siquiera seleccionara la bebida de mi antojo, y con un disimulado pero decidido movimiento, cubrieron sus rostros con una tela fuerte y áspera, y retiraron la vista aguantando la respiración. Pulsé el botón, y la máquina iniciaba lo que parecía ser un ciclo de digestión acelerado, pues sus entrañas mecánicas burbujeaban, crujían y gruñían con furia intentando darme la lata de refresco que pedí. Comezó a sacudirse sin control, se alzaba del suelo como si estuviera a punto de volar y la luz parpadeaba como las intermitentes de un coche, avisando lo que estaba por venir. Vino un breve silencio, pero en seguida, la lata de refresco cayó con fuerza y una densa nube de polvo salió de aquella abertura, una nube gris espesa que sofocaba mis pulmones, sintiendo el polvo descender por mi garganta que me hizo toser y caer al piso.
El cuarto se tiñió de gris, de una ceniza industrial con olor a aceite, y yo saqué la bebida de la bandeja, donde un líquido espeso la cubría por completo. Recogí mi cambio y me levanté algo avergonzado, y cuando sentí aquellas monedas extrañas en mi mano, me percate de su fecha de circulación: “1972”, y en cuanto a la bebida, tenía un empaque que jamás había visto antes. Las letras del producto se fundían en el metal apenas perceptible, en una lata oxidada y al borde de estallar con la mas mínima presión. La tomé con miedo y respeto, sintiendo que estaba al frente de una pequeña bomba orgánica de contenido dudoso.
Las personas se apartaron de las telas que cubrían sus rostros, y uno de ellos, cubierto por aquel extraño polvo gris, habló a nombre de aquella extraña tribu que vivía en los interiores de los edificios, con su voz ronca y grave, como si nunca hubiese dado un sorbo de agua:
– Las bebidas de la máquina no son para tomar. La máquina es para dar luz en este oscuro rincón. Solo los ilusos como tú se han tomado la molestia en echarle dinero, y ve lo que obtuviste: un refresco podrido, cuyo sabor es mas desagradable de lo que aparenta. Ábrelo. ¬– Con cierto disgusto, tomé la bebida y la destape ante los ojos negros de aquel sujeto. En seguida, su gas estallo frente a mi, y de su interior emanaron restos orgánicos, sólidos y viscosos, como si los ingredientes primordiales del refresco hubiesen vuelto a su origen ante la ausencia de algún depredador. Su contenido se desparramó por todo el piso, y la pequeña lata se volvió una fuente de incesante de expulsión de tiempo, cubriendo mis zapatos de aquel líquido espeso ante los ojos de aquellos extraños espectadores. Sin embargo, su aroma distaba de ser repulsivo, en cambio, era dulce y placentero, incluso antojadizo, lo suficiente para darle un sorbo a aquella extraña sustancia guardada por el tiempo.
Puse mis labios con cierta repulsión en aquella lata, y lleve una porción de aquel líquido viscoso a mi boca… insípido, sin rastro alguno del sabor que con el paso del tiempo, había volado por los aires en aquel olor dulce. Su consistencia viscosa se asemejaba al dulce derretido, donde trozos se materia crujían entre mis dientes, y sin percatarme de los extraños espectadores que miraban el espectáculo del recién llegado, aplaudieron con sus manos ásperas en un grave eco que sonó en toda la habitación.
– La gracia de la bebida – Habló el hombre refiriéndose a la lata. – No esta en su sabor, sino en la consistencia y en su aroma. Son pocos los que pueden apreciar su verdadera cualidad. Entre mas vieja y oxidada sea, mayor intensidad tendrá su contenido. – Y en un arrebato repentino, arranca la lata de refresco de mi mano, y da un fuerte sorbo escurriendo el líquido viscoso sobre su cuello y su ropa, como si el contenido de aquella pequeña lata fuese interminable. Saciando su antojo, el hombre prosiguió hablando cuando mis piernas comenzaron a moverse involuntarias a mí, apartándome fuera de aquella tribu de raros oficinistas enfermos por el encierro. – No sabemos cuantas latas quedan en su interior, solo sabemos que esta máquina esta olvidada y jamás recibe productos. Racionamos las latas como algunos harían con el dinero, aullentamos a la gente y conservamos intacta la única fuente de luz en esta habitación, como si de tratase de un astro sagrado, pues finalmente, todos necesitamos alguna cosa que adorar para mantener la cordura en este encierro, ¿no lo crees? – Con una mueca de repulsión, regalé el fruto sagrado envuelto en su caparazón de aluminio a aquel hombre-sacerdote de aquella extraña sociedad de oficinistas, adoradores de una máquina que simula al sol. Me aparte de su vista, imaginando sus bocas repletas de aquella sustancia viscosa pensando en las consecuencias que puede traer un encierro prolongado. “1972” pensé en mis adentros, y estando de regreso en la oscuridad de los pasillos habituales, busque al tanteo una hoja y un lápiz, escribiendo con letras grandes la fecha de este día para recordar el momento que probé el refresco caduco del gran ídolo de luz artificial.
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